La condición de exiliado, así sea voluntaria, suele despertar una serie de sentimientos que pasan por la soledad, el desarraigo, la crisis de identidad, el temor y hasta el asco.
Esos sentimientos fueron el caldo de cultivo que sirvió al joven y talentoso dramaturgo y director Víctor Quesada para crear su obra Apesta , en la que se combina el thriller con una especie de comedia negra psicológica.
Apesta se presenta en una casa del barrio Galerías acondicionada para recibir a no más de 28 espectadores, que inician su recorrido en la cocina del primer piso, luego van en subgrupos por las habitaciones de los personajes para internarse en sus anhelos y en sus aversiones, y terminan nuevamente en la cocina para develar el misterio.
Los personajes son una polaca, un brasileño, un chino y un cubano con acento más gaditano que caribeño, que habitan en una casa de alquiler de habitaciones para inmigrantes en España y que solo entran en comunicación al descubrir, por el olor, que uno de los habitantes anónimos de la casa ha muerto hace varios días.
Sin embargo, no se atreven a denunciar el hecho por el temor a la deportación.
Este detonante es la excusa para construir una dramaturgia del exilio como choque cultural, puesto en condiciones extremas, pero con rasgos identificables para quienes alguna vez en su vida han experimentado la condición de inmigrantes.
Más allá de la anécdota, Apesta es una metáfora del asco, como aversión e intolerancia cultural, que sufre el exiliado.
Quesada logra su cometido de hacer vivir al público esa intensa experiencia, gracias a un excelente grupo de actores, entre los que hay que destacar a Fernando Bocanegra por su composición del personaje del brasileño.
Alberto Sanabria
Crítico de teatro
